El Charco

Llovía sobre la tierra y aquello parecía otro diluvio que venía a anegar toda la tierra que había debajo. Doña Maximiliana Méndez maestra nacional mira por detrás de los vidrios aquel aguacero estrepitoso que parecía un enojo de dios rencoroso con la naturaleza que él mismo había creado. Los más viejos decían que aquella agua y su manera de caer sobre las casas, la gente, los árboles y las bestias, era cosa nunca vista. Las barranqueras nacían de cualquier sitio. Los barrancos corrían desbordados por aquel antojo de dios de darnos un merecido castigo. En la escuela unitaria los menudos pegaban la cara a los cristales y siendo de día parecía que la noche había llegado antes de tiempo. Los truenos hacían que temblaran las ventanas y las puertas. Cuando empezaron a caer los rayos, la maestra puso en los pupitres a la chiquillería que comenzaba a azorarse con aquel tamaño que iba cogiendo la tormenta. La luz de aquella incandescencia celeste, se desparramaba sobre la tierra, iluminaba el llano; parecía igual que cuando venía Celestino Artega, fotógrafo y titiritero que solía venir por el tiempo de la sementera.

Dionisio El fincho, no pensaba en otra cosa que en el Charco de los muchachos. No era cualquier cosa aquella agua embalsada «seguro que ahora ha de ser un mar canelo sin estrenar y sin dueño», pensaba el muchacho mientras de fondo la maestra los despistaba de aquel diluvio inesperado. Aquel charco era un patio de juegos, si estaba seco se jugaba en él a la guerra, a la pelota y hasta por San Juan, allí mismo se levantaban las fogaleras. Si aparecía el charco andaba la costumbre y el derecho de mandar sobre aquellas aguas, si eras el primero en llegar y gritar: « ¡En el charco mando yo!». Así, bajito, no para de decir la dichosa frase, que repetía en un murmullo debajo de la tormenta.

La chiquillería volvió por el mismo camino enlodado por el temporal, cada cual a su casa o cuartería. La lluvia seguía rociando la tierra y no se podía salir al camino. Dionisio armó un plan para escaparse y hacerse dueño del charco y mandar en él. Agarró un fardo y se hizo con él una capa para cubrirse. Salió a escondidas de madre, atravesó los patios anegados por el agua del cielo, que no paraba de derramarse sobre aquella tierra. Al pasar por debajo de las ventanas de Adoración Ventura, tía carnal de su padre: la vio allí, mirando el mundo que tenía delante como un centinela. Entonces justo enfrente de ella cerró los ojos y deseó desaparecerse delante de aquella vigía que no se perdía detalle. Se quedo quieto, aguantó la respiración y al rato Adoración cerró la ventana sin mayor novedad. Lo había conseguido, se había hecho invisible y así pudo continuar con su propósito de llegar al charco. Trepó a uno de los muladares del camino, desde allí podía contemplar el liquido embalsado, aquella laguna canela, se parecía al lago Victoria de los cromos de Mundo fantástico. Dio un salto y corrió hacia uno de los alerones del Amarillo, un camión medio fotingo que había sido abandonado en el solar.

Por primera vez contempló aquel charco de agua embarrada, que se desbordaba en pequeñas cascadas entre las piedras del muro de contención. Ensimismado en la contemplación, de repente, escuchó un llanto atragantado. Aquel sollozo le hizo alongarse, allí estaba Isidro El Albino, de la nariz le colgaban dos velas de moco verde, con la mirada turbia y los ojos encarnados. Dionisio guardó silencio, poco le duró el sabor de la victoria al chiquillo. Azorado, El Fincho volteó la cabeza, vio el dedo de Isidro señalando la curva de la General, debajo estaba el charco, Dionisio vio flotando sobre el agua canela a Cartucho, perro sato que andaba siempre con Isidro. Faltó tiempo, porque de un brinco El Fincho salió corriendo hacia el charco. Isidro y el agarraron palos y se metieron hasta que el agua les llegaba al cuello. Con los palos empujaron el cuerpo flotante del perro. Entre los dos lo sacaron y le restregaron la barriga, también le dieron aíre para que resollara; Cartucho echó un buche canelo de agua y barro. Abrió los ojos encharcados y soltó dos ladridos de alegría. Los chiquillos reían y lloraban, las lágrimas y la llovizna se confundían en sus caras de barro y mocos. Eso sí, entre los dos acordaron, por primera vez, que compartirían la jefatura sobre el charco y que sobre la llantina ni una palabra. Allí desde un monturrio enfangado, gritaron con todas sus fuerzas:   ― ¡En el charco mando yo!

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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