El viaje de Aylan

El cielo, la mar y la noche venían a ser lo mismo. Aquella oscuridad hecha de trozos parecía un abismo, pero los brazos de mi madre me acogían como si fuera yo un terrón de tierra entre sus raíces de árbol marino a la deriva.

El aire mojado nos rociaba la cara y la barca parecía una cáscara con la que jugaban las olas y el destino. Madre cantaba. También el resto cantaban una canción alegre donde había un sol que brillaba y un horizonte sonriente.

A lo lejos, en medio de aquella negrura pegajosa, alguien vio luces que parpadeaban; luces de colores en el horizonte. Una ola alzo la barca y la hizo volar como una cometa… Ahora estábamos cerca de las estrellas; miles de estrellas que parpadeaban como las luces de colores que el hombre extranjero habían señalado.

Después vino un silencio a borrarlo todo; no se oían ni las olas ni el viento, ni siquiera el miedo que rebosaba la barca. Sentí los brazos de mi madre y una ingravidez hasta llegar al fondo. Las personas de la barca llovían hasta tocar el lecho marino de la Vía Láctea. Madre, con los ojos muy abiertos, me regaló una sonrisa más grande que los barcos que llegaban al puerto de Latakia.

El hombre extranjero nos reunió a todos, y vuelta a empezar… En fila, seguimos por el fondo buscando el horizonte y las luces de colores. Sin ton ni son, quedaron repartidos en la superficie zapatos vacíos, un sonajero, un libro de poemas y una ofrecida caja de galletas.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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