El Farero

Las olas rompían contra el saliente de pura costumbre, aquello ya parecía más roce y como el roce hace el cariño, saliente y olas parecían lo mismo. La sombra del faro se alargaba sobre la lengua negra y picuda que el volcán dejó tendida sobre aquella orilla de la tierra.

Cuando Higinia conoció Cordelio Mudo libre pensador era más niña que mujer. La primera vez que lo vio, tembo la tierra. Al poco, el farero le mandó recado a la madre para casarse con ella. El farero la enseñó a leer y también a la vecindad que ponía asunto en los libros que no eran más de dos porque los del cura estaban en latín y aquello ya era de otro calibre. Pues parece que aquello de leer hizo mella en la vecindad porque una cosa lleva a la otra. Con él aprendieron las cuatro reglas y también a escribir sin faltas y derechito.

El día del “clis” de sol, abuela María ahumó vidrios y los repartió para que los menudos mirásemos sin mayor peligro aquel fenómeno celeste. Como habíamos tenido dos noches el mismo día, a la gente le dio por recordar. Los recuerdos eran un torrente de agua que no paraba y lo cierto es que se comenzó a desempolvar hasta lo que se quería tener bien olvidado. Como la chiquillería tienen la vida acabante de empezar ni memoria ni nada pero otra cosa fue los rencores olvidados y las ofensas acometidas. Aquello era un calavero con tanta memoria desembocada. Tantas disputas habían, que hasta los perros ladraban a las sombras y a deshoras. La cosa iba cogiendo tal cariz que Cordelio se puso a leer como si fuera un pregón el primer capítulos del único libro que había: ― En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Aquello fue mano de santo porque todo el mundo puso asunto, se dejaron las trifulcas por mor de aquel embeleso que los poseyó como un espíritu nuevo. Gracias a esa remesa de palabras nuevas tan bien dichas como pronunciadas por don Cordelio Mudo. Todas las tarde se aprovechaban las últimas horas de luz, allí mismo en el patio del faro frente al rompiente y las olas.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

Un comentario sobre “El Farero

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  1. Que bonito cuento:
    Igual que los anteriores suyos .
    Me han encantado.

Comentarios

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