Vértigo

Aquella tarde, papá, regresó a la tumba entristecido, y se puso a limpiar los confines de piedra enmohecida del sepulcro bajo un cielo azul. Allí, en aquel rincón resignado, no llegaba la luz ni el calor del sol, vencido siempre por la espesura de un laurel de Indias. Papá abrillantaba con un trapo el mármol y sus letras. Cuando volvió a casa, antes de entrar dejó colgada su tristeza de sepulturero por horas.

Ya sentado en la cocina con las manos limpias, me regaló una sonrisa de pan recién horneado, que no ocultaba el vértigo producido por aquella tumba vacía y un hijo robado.

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