Baile

Veremundo se desabotonó la mortaja, aquella chaqueta de atrás para adelante que le habían puesto de prestado para el entierro. Seguía con el pañuelo atado en la quijada, porque en su lecho de muerte se quedó con la boca abierta, como si gritara un silencio atronador. Los zapatos eran de pega. Adoración la de Rafael, el de la venta del Roquito, los fabricaba por encargo. Ella los hacía de cartón y trapos viejos, les daba forma,pegue, betún y empaque. También Adoración los aquellaba para que se fueran con buena cara. Daba el lustre, su color de labios, el colorete de importación y su buena brillantina de tubo azul. Quedando el finado que daba gusto mirarlo. A veces no se sabía muy bien si el susodicho iba a un baile o a su propio entierro.

Cuando Veremundo abrió los ojos, se vio solo en el campo santo. La lluvia y los truenos habían espantado a la familia, a los de la comitiva y a dos municipales que venían de paisano. Un reguero de cal viva parecía una mueca entre el fango y jarros vacíos de flores entre las tumbas. El suelo encharcado le desarmó a Veremundo los zapatos de Adoración. No podía con el frío ni cuando estaba vivo. El rigor mortis todavía casi reciente le entorpecía a la hora de caminar. Buscó acomodo como pudo en el panteón de los Galván de Salazar. Aquello era una casa postrera donde iban a reposar los huesos de aquella familia de alcurnia, porque se ve, que como dice el otro, cuando el juego se acaba, el rey y el peón van a parar a la misma caja… Mira tú por donde Veremundo sacristán y recadero fue a parar después de muerto. Hijo ilegítimo de don Álvaro Galván primogénito de la casa y la Quinta de Amarilla.

Se sentó en uno de los bancos aterciopelados y suspiró tan fuerte que hizo estremecer el cajón de doña Caridad Monteverde, tía abuela de don Arturo, abuelo ilegítimo de Veremundo. La vieja llevaba más de cuarenta años en horizontal y muy reflexiva como de costumbre. Hizo por hablar. La voz le salía como si fuera de buche, algo aguachenta pero familiar. Le gustaba recibir y agasajar. ― Arrímate bobito que quiero verte el hocico. Él hizo lo que le pedía, ni se inmutó cuando vio por el vidrio del ventanillo que había en la tapa el cuero enfurruñado en el rostro de doña Caridad, que le hacía señas con las manos descueradas. Quería que abriera la caja para conversar con más fundamento. Hizo lo que le pedía la finada y allí conversaron de lo humano y lo divino.

― ¿Sabe de lo que me dan ganas? Inquirió doña Caridad con la boca mellada y los labios tan plisados como cintura de enagua ― Qué se yo, diga, dijo Veremundo poco amigo de adivinanzas ― Echar una pieza de baile, no es locura si no promesa que hice y no me dio tiempo de cumplir. Veremundo tieso y más frío que el acero la sacó de la caja pero no la sacó entera y aún así se puso a a bailar con ella al son de lo que silbaba porque la vieja sabía silbar. El olor a naftalina los embriagaba. Bien sujeta la tenía por la cintura y los rejos desvaídos de su envoltura. En el cajón se quedó una pierna izquierda que era de palo. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

Un comentario sobre “Baile

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  1. Juan Carlos, me encanta tu estilo. Yo también adoro las palabras. Esas “aquellar”, “aguachenta”, “enfurruñada” … forman parte de un acervo de tanto valor como seamos capaces de recuperar. El relato muy bueno. Saludos.
    Balbi Mar.

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