En Vilaflor La Ermita de San Roque está en alto como no podría ser de otra manera, siendo el santo protector de las pestes y otras enfermedades. La construcción se conserva muy bien y por dentro es fresquita y recogida, como para sentarse y guardar silencio. La placita se ha convertido en un espacio cultural. El sábado día 15, llevé mi Mundo raro, un cuento chiquito. La gente llega gota a gota, de dos en dos, de tres en cuatro, como quién va a misa o a lugar donde no se puede hablar en grito. La gran mayoría mujeres de mirada luminosa y de sonrisa cómplice. Las vistas desde esa altura, son un poema de paisaje y trabajo jornalero. Las paredes de canto amarillo, el verde jugoso de la viña, lo áspero del pino y la humedad del jable confinado entre los muros.

Mi padre nació en esa tierra de altura. Creció en esos lares de pinos y escobones, en el ceno de una familia del caserío de Jama, bajo la sombra de un peral medio caído se hizo un hombre bueno. Mi abuela Dolores, mi abuelo Domingo y mi tía abuela Cándida son ya un paisaje en la memoria que mi corazón enciende. La contada fue a la hora en la que el sol pega a esconderse entre los pinos, al oeste el mar de nubes, al sur amarilleando y el Sombrerito despejado. Una tarde para mi de emociones y alegría liviana. Nos sonreímos juntas, personas desconocidas y allegadas, fue algo para mi entrañable y cotidiano como beber agua o decir gracias.



Fotografías: Christian Buehner

Hemos narrado toda la vida. Narrar es contar la vida. Desde que salimos de la cueva hemos seguido contando como si aún estuviésemos alrededor de aquel fuego encendido. El contar historias nos sigue cautivando tanto como contemplar las llamas de cualquier fogalera, porque el embeleso es el alma tanto de la historia que se cuenta o del fuego que se enciende.

Un mundo raro, un cuento chiquito, es un artilugio de narración oral escénica. Aprendí a contar escuchando a las mujeres del patio donde crecí. Allí hacían y deshacían, contaban y hasta cantaban en las celebraciones familiares.

Todas las vidas merecen ser contadas. La memoria es un fuego encendido, como el que había en aquella cueva, de la que parece que salimos, pero ese fuego de alguna manera sigue encendido y para mantenerlo es necesario ir echando algo para que no se aparque su llama.

Un mundo raro, un cuento chiquito, se llena de memoria, humor, poesía y compromiso con la vida.

Ésta vez, llegar a Vilaflor de Chasna es como volver a la casa donde padre nació hace ya mucho tiempo. El caserío de Jama fue la patria chiquita, donde mi padre jugó de niño y se hizo un hombre bueno. De mi madre aprendí el coraje y de padre la ternura; que en él era un “brillor” en los ojos o una suave sonrisa por debajo de la nariz. Esa tierra inculcó en él y en su familia tanta nobleza como bondad, sus manos jornaleras sembraron en la suya la misma semilla que todavía no se ha “bichado”.