Todas las vidas merecen ser contadas

“Todas las vidas merecen ser contadas”

Cuatro tambores abren la noche. La percusión y el ritmo del candombe marcan el comienzo del espectáculo, primero en el patio del Centro Cívico de Arrecife, y luego en el interior. Acompañado por palmas y baile, el desfile entra en el salón.

El urgente cambio de escenario (la ruta de cuentos está pensada para recorrer cuatro plazas de la ciudad, pero llueve tanto que se cancelan las actividades al aire libre) obliga a hacer una nueva puesta en escena, ahora bajo techo. Objetivo: convertir un salón de actos en un espacio con la atmósfera que necesita la escucha. Sobre el escenario: un caballete con el cartel de Palabras al Vuelo y pequeñas lámparas en el proscenio. Dos focos en los laterales dirigiendo la luz hacia el lugar donde aparecerá la primera narradora de la noche.

Juan Carlos Tacoronte sube al escenario con un traje color barro y un sombrero ‘acachorrado’. Se presenta como hijo de jornalero y aprovecha para hablar del doble significado de la lluvia. Sus historias vienen de La Morra, su Macondo particular. El contador tinerfeño nos traslada rápidamente a un lugar donde la vida se desarrolla al aire libre, bajo la sombra de los árboles.  “A la casa se va a dormir o a morir”. Como su bisabuela, cataléptica y prevenida, que sabía morirse como nadie. Conforme avanza el relato, aparecen los olores, los sabores, la agüita de ruda, la raigambre canaria, un brillante humor negro. Un cortejo de hombres que van a recoger un cajón para la futura muerta a una lonja llamada El Porvenir. Una serie de cómicas desdichas que van in crescendo y terminan con lágrimas de carcajada. Aplausos que interrumpen la función y rabiosos al terminar. Tacoronte no se marcha sin dejar una postdata: “Todas las vidas merecen ser contadas”. Sigue leyendo.