Alumbramiento volador

Su abuela enterró en el patio la vida, justo debajo de las Flores de mundo y la Piel de tigre. Allí, en un rejo de sábana gastada junto a la placenta, la puso bien enterrada para que los perros no la desenterraran. El chiquillo nació prematuro, y andaba la luna llena más rabiosa que nunca con ese cerco encarnado. Como no resollaba, la madrina Hermina Gorrín agarró al chiquillo y lo tiró al aire para que se le quitara el esmorecimiento. Fue peor el remedio que la enfermedad. Esa vieja, tuerta de nacimiento, no acertó al recogerlo y el chiquillo se quedó dando tumbos como si fuera de goma. Aquello no fue una tragedia porque, con los rebotes que daba, pegó a reírse como un viejo. Todas las que estaban allí se santiguaron viendo aquel fenómeno. Llamaron a la Guardia Civil. Él siguió rebotando mientras la autoridad, al ver aquellos rebotes, se quedó en el sitio. Vino don Lázaro, el dueño de casi todo, y de la impresión le dio hasta fatiga. Tuvieron que ponerle silla y darle a oler ruda para que volviera en sí.

El chiquillo seguía rebote va, rebote viene; aunque ahora hacía jerigonzas y abanaba con las manos como queriendo volar. La madre lo miraba orgullosa, aun con temor por verlo así. Mandaron a llamar al padre cura. Don Alfonso, de negro riguroso, llegó con el agua bendita y el hisopo. Allí se puso el cura emérito a sacudir el instrumento de plata. Hasta se hizo un charco de tantas veces que sacudió, repitiendo aquella retahíla en latín. No había manera de que la criatura se posara en alguno de los atrabancos de la casa.

El cura decía que aquello era cosa del demonio. La abuela le recalcaba a la madre del fenómeno que tampoco era para tanto; que lo que tenía era que había nacido con hormiguilla. Zenón, el de Águeda, la del Bailadero, dio tan fuerte brinco que lo agarró en el momento que salía volando como una coruja por el ventanillo. El hombre era bien flaco, y se vio que el prematuro tenía alma de cernícalo porque se lo llevó colgando de sus tobillos. Detrás salieron corriendo la autoridad, la abuela de la criatura, don Alfonso con el hisopo alzado y el resto de la vecindad que ya comenzaba a colmar el patio.

A fuera, la noche estaba llena de luceros. El chiquillo se posó en la rama de una higuera. Zenón alcanzó tan fuerte taponazo que perdió el conocimiento. Entonces, la abuela mandó a parar el cotarro que se había armado alrededor de aquel acontecimiento tan estrambótico. La vieja arrancó a cantar un arrorró, y allí mismo la criatura se quedó embelesada en una oquedad del tronco. En esas, la abuela trepó con gran determinación y cogió al chiquillo. La madre dijo: “¡Fuerte chiquillo desinquieto!”, y le dio dos besos estrellados que retumbaron en el valle.

Un mundo raro. Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

El viaje de Aylan

El cielo, la mar y la noche venían a ser lo mismo. Aquella oscuridad hecha de trozos parecía un abismo, pero los brazos de mi madre me acogían como si fuera yo un terrón de tierra entre sus raíces de árbol marino a la deriva.

El aire mojado nos rociaba la cara y la barca parecía una cáscara con la que jugaban las olas y el destino. Madre cantaba. También el resto cantaban una canción alegre donde había un sol que brillaba y un horizonte sonriente.

A lo lejos, en medio de aquella negrura pegajosa, alguien vio luces que parpadeaban; luces de colores en el horizonte. Una ola alzo la barca y la hizo volar como una cometa… Ahora estábamos cerca de las estrellas; miles de estrellas que parpadeaban como las luces de colores que el hombre extranjero habían señalado.

Después vino un silencio a borrarlo todo; no se oían ni las olas ni el viento, ni siquiera el miedo que rebosaba la barca. Sentí los brazos de mi madre y una ingravidez hasta llegar al fondo. Las personas de la barca llovían hasta tocar el lecho marino de la Vía Láctea. Madre, con los ojos muy abiertos, me regaló una sonrisa más grande que los barcos que llegaban al puerto de Latakia.

El hombre extranjero nos reunió a todos, y vuelta a empezar… En fila, seguimos por el fondo buscando el horizonte y las luces de colores. Sin ton ni son, quedaron repartidos en la superficie zapatos vacíos, un sonajero, un libro de poemas y una ofrecida caja de galletas.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

El Charco

Llovía sobre la tierra y aquello parecía otro diluvio que venía a anegar toda la tierra que había debajo. Doña Maximiliana Méndez maestra nacional mira por detrás de los vidrios aquel aguacero estrepitoso que parecía un enojo de dios rencoroso con la naturaleza que él mismo había creado. Los más viejos decían que aquella agua y su manera de caer sobre las casas, la gente, los árboles y las bestias, era cosa nunca vista. Las barranqueras nacían de cualquier sitio. Los barrancos corrían desbordados por aquel antojo de dios de darnos un merecido castigo. En la escuela unitaria los menudos pegaban la cara a los cristales y siendo de día parecía que la noche había llegado antes de tiempo. Los truenos hacían que temblaran las ventanas y las puertas. Cuando empezaron a caer los rayos, la maestra puso en los pupitres a la chiquillería que comenzaba a azorarse con aquel tamaño que iba cogiendo la tormenta. La luz de aquella incandescencia celeste, se desparramaba sobre la tierra, iluminaba el llano; parecía igual que cuando venía Celestino Artega, fotógrafo y titiritero que solía venir por el tiempo de la sementera.

 

Dionisio El fincho, no pensaba en otra cosa que en el Charco de los muchachos. No era cualquier cosa aquella agua embalsada «seguro que ahora ha de ser un mar canelo sin estrenar y sin dueño», pensaba el muchacho mientras de fondo la maestra los despistaba de aquel diluvio inesperado. Aquel charco era un patio de juegos, si estaba seco se jugaba en él a la guerra, a la pelota y hasta por San Juan, allí mismo se levantaban las fogaleras. Si aparecía el charco andaba la costumbre y el derecho de mandar sobre aquellas aguas, si eras el primero en llegar y gritar: « ¡En el charco mando yo!». Así, bajito, no para de decir la dichosa frase, que repetía en un murmullo debajo de la tormenta.

La chiquillería volvió por el mismo camino enlodado por el temporal, cada cual a su casa o cuartería. La lluvia seguía rociando la tierra y no se podía salir al camino. Dionisio armó un plan para escaparse y hacerse dueño del charco y mandar en él. Agarró un fardo y se hizo con él una capa para cubrirse. Salió a escondidas de madre, atravesó los patios anegados por el agua del cielo, que no paraba de derramarse sobre aquella tierra. Al pasar por debajo de las ventanas de Adoración Ventura, tía carnal de su padre: la vio allí, mirando el mundo que tenía delante como un centinela. Entonces justo enfrente de ella cerró los ojos y deseó desaparecerse delante de aquella vigía que no se perdía detalle. Se quedo quieto, aguantó la respiración y al rato Adoración cerró la ventana sin mayor novedad. Lo había conseguido, se había hecho invisible y así pudo continuar con su propósito de llegar al charco. Trepó a uno de los muladares del camino, desde allí podía contemplar el liquido embalsado, aquella laguna canela, se parecía al lago Victoria de los cromos de Mundo fantástico. Dio un salto y corrió hacia uno de los alerones del Amarillo, un camión medio fotingo que había sido abandonado en el solar.

Por primera vez contempló aquel charco de agua embarrada, que se desbordaba en pequeñas cascadas entre las piedras del muro de contención. Ensimismado en la contemplación, de repente, escuchó un llanto atragantado. Aquel sollozo le hizo alongarse, allí estaba Isidro El Albino, de la nariz le colgaban dos velas de moco verde, con la mirada turbia y los ojos encarnados. Dionisio guardó silencio, poco le duró el sabor de la victoria al chiquillo. Azorado, El Fincho volteó la cabeza, vio el dedo de Isidro señalando la curva de la General, debajo estaba el charco, Dionisio vio flotando sobre el agua canela a Cartucho, perro sato que andaba siempre con Isidro. Faltó tiempo, porque de un brinco El Fincho salió corriendo hacia el charco. Isidro y el agarraron palos y se metieron hasta que el agua les llegaba al cuello. Con los palos empujaron el cuerpo flotante del perro. Entre los dos lo sacaron y le restregaron la barriga, también le dieron aíre para que resollara; Cartucho echó un buche canelo de agua y barro. Abrió los ojos encharcados y soltó dos ladridos de alegría. Los chiquillos reían y lloraban, las lágrimas y la llovizna se confundían en sus caras de barro y mocos. Eso sí, entre los dos acordaron, por primera vez, que compartirían la jefatura sobre el charco y que sobre la llantina ni una palabra. Allí desde un monturrio enfangado, gritaron con todas sus fuerzas:   ― ¡En el charco mando yo!

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

El Farero

Las olas rompían contra el saliente de pura costumbre, aquello ya parecía más roce y como el roce hace el cariño, saliente y olas parecían lo mismo. La sombra del faro se alargaba sobre la lengua negra y picuda que el volcán dejó tendida sobre aquella orilla de la tierra.

Cuando Higinia conoció Cordelio Mudo libre pensador era más niña que mujer. La primera vez que lo vio, tembo la tierra. Al poco, el farero le mandó recado a la madre para casarse con ella. El farero la enseñó a leer y también a la vecindad que ponía asunto en los libros que no eran más de dos porque los del cura estaban en latín y aquello ya era de otro calibre. Pues parece que aquello de leer hizo mella en la vecindad porque una cosa lleva a la otra. Con él aprendieron las cuatro reglas y también a escribir sin faltas y derechito.

El día del “clis” de sol, abuela María ahumó vidrios y los repartió para que los menudos mirásemos sin mayor peligro aquel fenómeno celeste. Como habíamos tenido dos noches el mismo día, a la gente le dio por recordar. Los recuerdos eran un torrente de agua que no paraba y lo cierto es que se comenzó a desempolvar hasta lo que se quería tener bien olvidado. Como la chiquillería tienen la vida acabante de empezar ni memoria ni nada pero otra cosa fue los rencores olvidados y las ofensas acometidas. Aquello era un calavero con tanta memoria desembocada. Tantas disputas habían, que hasta los perros ladraban a las sombras y a deshoras. La cosa iba cogiendo tal cariz que Cordelio se puso a leer como si fuera un pregón el primer capítulos del único libro que había: ― En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Aquello fue mano de santo porque todo el mundo puso asunto, se dejaron las trifulcas por mor de aquel embeleso que los poseyó como un espíritu nuevo. Gracias a esa remesa de palabras nuevas tan bien dichas como pronunciadas por don Cordelio Mudo. Todas las tarde se aprovechaban las últimas horas de luz, allí mismo en el patio del faro frente al rompiente y las olas.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.