Pandeayer. Crítica Jordi Solsona

¿Cómo lo hace? Cada día que pasa, en cada nuevo DECIR de Juan Carlos, me acerco un poquito más a comprender su magia; es decir, la veo más de cerca y observo que no es magia, que es TIERRA. ¿A qué, si no, su sempiterno traje marrón, sus zapatos canelos y su sombrero pardo? Colores Tierra para alguien que ama profunda y sinceramente a toda criatura que pasea por esta chinita cósmica donde habita la especie humana.

‘Pandeayer’ fue, anoche, alimento para la pobre gente de la escalera del Sauzal que mendigamos historias, por caridad, para no enfermar de tecnología y prisa, o de cemento y piche. Y quién, si no, mejor que Juan Carlos para aliviar nuestra angustia y nuestra necesidad de palabras con voz y emoción. La historia de Juan Carlos nace de un cubo de basura y una letrina, de una madre tierra agotada y pobre desde la cuna y de un hijo que aprende a mirar, a comer y luego a contar lo que ve y lo que come. Ocurre que justo cuando la gente que le escucha empieza a comprender, a Pandeayer le sale espuma por la boca por todo lo que lleva dentro, y la gente corre, huye asustada para alejarse del asco del vómito de alguien enfermo de Tierra enferma. ¡Y cómo lo cuenta Juan Carlos! ¿Qué tiene Juan Carlos para contar así las cosas?

Juan Carlos Tacoronte (vamos a ponerle apellido al muchacho) da un gran salto con su ‘Pandeayer’ porque sale de su ‘patio en el sur’ a recorrer el mundo. En ese viaje encuentra la esencia misma del mundo que habita, la esencia del patio infinito de la madre tierra. Se encuentra, al fin, con ‘Pandeayer’, que es él mismo en su versión universal, cósmica. Juan Carlos nos cuenta su ‘Pandeayer’ para saciar su propia hambre y su propia sed; y mientras cuenta, a la gente en la escalera su historia, lo hace desde el tuétano, desde tan hondo que se hace transparente y deja ver lo que hay detrás de todo: millones de ‘Pandeayer’ que se sostienen en pie por su dignidad de pueblo hambriento.

No, no es triste la historia de ‘Pandeayer’, diría que es luminosa e incluso jovial porque Juan Carlos lo es, y sus gestos y su voz buscan cualquier ocasión para levantarnos la sonrisa, incluso la carcajada, si procede, porque la risa es también el pan de los pobres, junto a la palabra. Pobres todos, mendigando pan, paz, justicia, dignidad, libertad.

Le sienta bien el mundo a Juan Carlos. En sus salidas al otro continente encontró un tono, un color y un aire que supo meter en la maleta y aventar todo eso a las gentes de la escalera del Sauzal. Me gusta pensar que ‘Pandeayer’ vino también en esa maleta. Es tan bueno acercarnos a nuestra gente, dejarnos pasear por ella y mirar con ella.

La Tierra herida nos grita y se vale de personas como Juan Carlos Tacoronte para hacerlo. Por favor, escuchen ese grito desesperado y tierno de nuestra madre que pide esperanza y pan; amor y un cachito de pan duro, aunque sea. Y no se asusten si ven a alguien echar espuma por la boca, acérquense, como el perro fiel de ‘Pandeayer’ y cojan su mano, aunque sea. Que esa acción servirá para equilibrar un poquito la balanza entre el Debe y el Haber de la humanidad. Ayer, en la escalera, y concluyo, Juan Carlos tuvo tiempo para acariciar con su mirada a la intérprete que traducía su voz al lenguaje de signos. Juan Carlos la miraba con una ternura infinita mientras él iba contando a ‘Pandeayer’. Seguro que es esa la magia de Juan Carlos, que saber ver lo invisible, que tiene tiempo y ganas de mirar a donde otros no tenemos el valor. Gracias otra vez, hombre/tierra.

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