El Dón de Cándido

Cándido Pérez Sierra andaba siempre arreglando las coyunturas, los huesos húmeros, tobillos virados, la erisipela y el mal de ojo pagano. Todo lo aprendió de su tía Encarnación la Indiana que sabía más de la cuenta porque le daba gusto conversar con las almas del purgatorio bendito. Ella fue su madrina de pila, cuando le pusieron agua bendita del pozo de la casa, porque el chiquillo nacía de culo y fue ella la que reparó aquel desaguisado.

Ahora Cándido andaba por la sombra porque el sol lo remataba. Era más blanco que el hilo blanco, nervudo con más huesos que carne encima. Los ojos de albino los llevaba entornados para no encandilarse y siempre vestía abrochado hasta la quijada. Era reclamado pero se le miraba con esa mezcla de temor y respeto. La voz le salía de aquel pecho como un trueno pero sin relámpago ni nada. Su don aliviaba al que se quejaba y le pagaban con lo que hubiera a mano y si había dineros alguna perra alcanzaba.

En el camino la gente le rehuía al ver su triste figura, un quejido con dos patas le parecía a más de uno. Vivía en lo que quedaba de las cuarterías, donde doña Amalia del Pino, dueña del llano y las fincas le permitía quedarse. Con cal viva el muchacho rebozó los cantos amarillentos, las piedras del poyo y los chaplones del patio que da para poniente. Cuando había luna llena se desnudaba y agarraba la luz lechosa que el astro derramaba.

Una noche de esas, Aurora la Beltraneja venía de ayudar a sacar los baifos de una cabra en la finca. Ella venía a toda prisa, el aíre de la noche y la urgencia que traía por volver a la casa hizo que cogiera una vereda, que la llevó a pasar por donde, a esas horas bailaba como dios lo trajo al mundo Cándido bajo la luna. Ella se paró a lo lejos y le dio por santiguarse, se quedó embelesada viendo aquello. Parecía un ángel del cielo bajado a la tierra, tan desnudo y transparente le pareció cosa de otro mundo.

Cándido se paró en seco porque sintió el quemor de una mirada que se relamía de gusto. Aurora se había quedado en cueros, casi sin saber cómo; su moño se había desmoronado convirtiéndose en una melena negra zahína que cubría los hombros pero dejaba al descubierto sus senos. Los dos como si flotaran se juntaron, se olieron, se dieron besos hasta en el cielo de la boca. Piel con piel no pudieron decir ni una palabra, nada merecía ser dicho en medio de aquel tropel de roces, besos y lametones que duraron hasta que comenzó a clarear el día.

Cándido abrió los ojos y encontró entre sus brazos un balayo lleno de uvas, higos de leche y almendras majadas. Recorrió la estancia con la mirada todavía cuajada de sueño, busco los contornos del cuerpo de ella y no la encontró. Cerró los ojos y se puso a comer las uvas rociadas como recién pasadas por agua. Se le endulzó la boca y reconoció el sabor de los pechos de Aurora ausente. «Ummm que rico, todavía sique aquí», murmuró Cándido desnudo.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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