El aplaudidor

Doña Agustina Antúnez de Balboa tenía posibles y una belleza extraña. Había heredado de su padre, don Augusto Antúnez una fortuna bastante rentable. Esta la había hecho trabajando de tosedor profesional y aplaudidor de primera fila en los teatros más importantes, auditorios nacionales y del extranjero. Sus dotes como aplaudidor no tenían comparación. Todo el mundo reconocía su virtuosismo tosiendo y haciendo la cla. Su trabajo era reclamado por los enemigos de la compañía en cartel o por la propia para aminar el cotarro si la cosa venía torcida.

Llegó don Agustín a montar compañía por no decir que hasta una escuela de estilo para este oficio tan peregrino. Eran contratados los que hacían el trabajo en los teatros de poca monta, aunque a los que despuntaba se los llevaba a paraíso y gallinero de teatros más importantes. Les enseñaba el arte del carraspeo, la tos de pecho estentórea, la acompasada y las mañas del aplauso entusiasta y el bravo en do mayor. También es verdad que los aplausos de don Agustín eran enérgicos, entusiastas a la vez que contagiosos.

Así poco a poco y trabajando mucho logró amasar cierta cantidad de caudales que supo con mucho atino invertir en ingenios de azúcar y destilerías de liquido espirituoso con mucho acierto. También compró a ciegas un potosí de guano que hasta hace muy poco daba sus pingues beneficios. Ahora la hija de tan ilustre tosedor se dedicaba a la filantropía, al abrazo terapéutico. En las largas noches de insomnio practicaba la hermenéutica apócrifa y a sopesar otras razones incunables.

Siempre estaba de buen humor y llevaba muy bien sus rarezas selváticas. Practicaba el nudismo en las noches de luna llena junto a otras mujeres liberadas de ataduras como ella. Se juntaban en los bailaderos y lugares apartados donde se entregaban al baile y se les llenaba la boca de aigejiles. Claro que esto de verla así, tan en cueros, regalada a la noche en cuerpo y alma, lo contaba con la boca chiquita doña Deogracias. Ella era bibliotecaria de carrera y señora esposa de un concejal liberal de la oposición. Solicitó tal día de precepto, participar en una de esas reuniones al aíre de la noche, esta vez sin luna.

Todo lleva su acomodo y su aquello para que lo otro salga adecuadamente. Los maridos y los hijos quedaron dormidos y amarrados con la adormidera que en cantidad comedida fue puesta en la sopa de letras o en las natillas. Aquellas mujeres quedaron en un ramal del camino viejo, cada una cubierta con su pena de los entierros, el escapulario de la hermandad y las hiervas de agua ardiente. Subieron con tanta prisa que parecían volar sobre las piedras. En el bailadero se rasgaron las vestiduras, el humo y el fuego las lamía cuando saltaban, en su gozo los ojos se les encendían, en los abrazos el sudor las convertía en un rocío goteante, como si fueran de loza se hacían más frágiles más fuertes, se rompían y se recomponían. En un temblor de tierra, ellas flotaban como una metralla de carne y de fiesta. La bibliotecaria y doña Agustina giran uniendo las cinturas, en su danza las atraviesa la verdad y un sin temor de nada que da miedo. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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