La ruindad se peinaba hacia atrás

Cáscaras y nada más. El viento contra las piedras y el silencio escondido en la resignación de las aulagas secas. A lo lejos más allá de las cuarterías, por donde sale un ramal del camino del faro; dicen que lo encontraron. Fueron los perros la mano de dios, quien dejó su cuerpito de ángel roto allí tendido sobre el pedregal. Su desnudez hizo que el silencio fuera mayor y que en cada rostro, un sentimiento de culpa dibujara una mueca reprobatoria. Georgina llegó con su clamor de madre descalza y la sangre en sus pies le dibujó zapatos de dolor y pena. Su corazón se había volatizado como un adorno de azúcar.

En aquel llano se paró por un momento el viento, el calor de la tierra se desprendía y como era aciaga la tarde, lo funesto convocó al mal agüero que extendió sus alas negras y con su pico de cuervo viejo dejó caer dos graznidos que se mezclaron con los gritos secos de la madre dolorosa. Eulogio el ciego lloraba para adentro con los ojos cuajados de blanco, se quedó retrasado de la gente que ya se arremolinaba alrededor de aquella pena tan grande.

Conrado Batista era el más que gritaba y pedía justicia, él mismo fue quien hizo armarse una cuadrilla de palos y podonas para buscar al culpable que ya estaba condenado. Al niño en una manita le encontraron restos de naranjas sanguinas como las que tenía en sus naranjeras, Eduardo Zamora, poeta y ermitaño. La caterva no pregunto. Pronto se llegó a al chamizo, media cueva, casi casa. Lo encontraron sentado con las peladuras colgadas de un fincho entre el paño de piedras que hacía de frente de la boca de la cueva.

Ni mediaron ni preguntaron, se lanzaron contra él y le dieron fuerte, con palos, le dieron golpes, lo pisaron. Lo llamaron republicano de mierda, maricón, rojo y bujarrón. La saña fue tanta, que el desenfreno hizo hasta que lo mearan los más desatados, que al mismo tiempo gritaban viva España. Como esto fue a escondidas lanzaron en una sima donde ya había huesos de los otros, allí botaron su carne molida y los huesos, ya puras trizas quedó del condenado.

Don Conrado pagó la cajita y al cura. La madre del angelito se tragó su estupor al ver lo que le dio envuelto en un pañuelo blanco Eulogio el ciego. Lo reconoció al instante, aquel peine fino de carey de Filipinas, por lo visto estaba donde encontraron los pantalones y las lonitas de la criatura.

Ya de noche cargó con el carburo que pudo juntar. Entró en la casa y como en ella limpiaba tenía patente para andar por ella, a esas horas don Conrado dormía en el cuarto de la galería de vidrio. Roció todo lo que pudo y con el chispón prendió y salió de golpe una lengua de fuego que lamió cortinas, muebles y suelo. Allí en un infierno en la tierra ardió vivo el indino. Eulogio por fuera esperaba que la madre volviera. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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