Dos hermanos

Bajo la copa del Almácigo se sentó a coger resuello y a descansar los pies empolvados del canelo que se queda prendido hasta en el cielo de la boca. Se desabrochó los botones y con el agua que traía se refrescó la pechera, se apoyó en el tronco y se quedó Policarpo profundamente dormido.

Por una banda del tronco, desde un boquete salió un perenquén, más blanco que la leche y con los ojos saltones y transparentes como si fueran de agua, aquellas dos gotas en su hocico daban cerote. Pues se ve que el intrépido animal se le metió por el tronco de una oreja y allí se relamió con gusto de tanto que había.

Por eso dicen que Policarpo va sin ton ni son como perro sin amo, aunque si tiene una hermana que dicen, llevaba barba como los hombres y más pelos por el cuerpo que una baifa nueva. América se llama la muchacha y se gana la vida como sepulturera. A su hermano lo tiene como a un hijo aunque por ahí digan que tiene con él otras relaciones.

Policarpo anda solo por los caminos, es grande y corpulento por eso los chiquillos se asunta y a veces le tiran piedras y palos secos. A Policarpo le gustan mucho los animales, da de comer todos los días a los cuervos. Van a posarse en la tapia que da al osario del campo santo. Les da semilla y huesos molidos, flores frescas de higos picos y a veces hasta lagartijas. De vez en cuando los cuervos le traen algún brillor de poca monta, botones de nácar y otras cosas.

Un día que su hermana juntaba pedazos de cajones para hacer leña le dio un dolor que le rompió el corazón en cuatro pedazos. Se quedó su cuerpo presente pero vacío como una pipa chueca. Policarpo se quedó solo en la casita del campo santo. Le dieron el cargo y él solito se encargaba de hacer los hoyos, de echar la cal viva y quitar la mala yerba. Los cuervos le daban conversa y el estaba al tanto de todo lo que acontecía por aquellos lares. Una noche de luna nueva se sentó sobre el mármol que cubría la tumba de don Venancio, maestro escuela y medio poeta que había muerto de miedo cuando lo de la guerra. Sacó su flauta y se puso a tocar la tonada más sentida del mundo. De los monturrios, nichos y otros vericuetos, no fueron pocos los que salieron para admirar aquella tonada. Hasta la mujer del alcalde que no hacía ni un semana de su entierro se puso a tararear el Rascayu pero en un susurro. La noche estaba de serenata y la música animaba a los húmeros huesos. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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