Un santo de palo

Agustín el de Casiano fue el primero en llegar y ver a la criatura ya limpia y envuelta en una manta de rejos porque no había para más. Sentada en el borde de la cama, mirando hacia el ventanillo pelado por donde entraba un brazo de luna que iluminaba el chamizo, Graciela lo arrullaba entre sus brazos y lo iba queriendo en silencio.

Parió sola un santo de palo. La cosa como viene escrita, aquella mujer parió un santo de palo con los ojos abiertos, la boquita pintada y las manos empechadas por debajo de la garganta. A Vasilio Tejera le tuvieron que guisar agua para que resollara porque se quedó el hombre parado como un majano, siendo el padre del fenómeno nadie sabía si darle la enhorabuena o qué decirle dada las circunstancias.

Aquello se regó en toda la redonda, y de unas y otras casas empezaron a llegar para pedirle al santo aquello y lo otro, vamos, lo que fuera menester y por necesidad. La abuela de la criatura pronto organizó en el patio el tinglado para dar orden y concierto a tan peculiar acontecimiento. No faltaba el agua-limón, el vino-mujeres y la parra para los madrugadores.

La madre lo acunaba entre sus brazos y se podía ver como aquella criatura de palo abría y cerraba los ojos, hacía bicos y buscaba con los labios el pezón de su madre que dejaba al descubierto una mama enorme y cuajada. Los visitantes al ver esta estampa casi divina no sabían si santiguarse, hacer una genuflexión o salir corriendo. Con lo que iban sacando por la exposición de aquella epifanía tan estrafalaria, y los buchitos de licores con el mesturado de galletas, su madre y la familia pudieron vestir con madera y vidrio, el ventanillo, poner tejas en el techo y darle categoría de cuartería al chamizo, que mucha falta tenía.

Al santo de palo todo se le pedía, veces se concedía y otras veces nada de nada. Pasaron los años y el santo no crecía ni envejecía. El día de su nacimiento era el de san Alicarpo papa, pero como su madre era muy devota de san Cucufato, le puso este nombre. Todo el mundo que perdía algo venía para amarrarle a la criatura las gónadas, que las tenía, aunque fueran de serrín. La familia harta se mandó a mudar y se fueron hacia el norte, donde no había costumbre y la idolatría estaba castigada con la pena de muerte o desollarte vivo que al final venía a ser lo mismo. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: