El juego cuarto

Eufemia llegó al chorro y era tanta las sedes que traía que empurró más de la cuenta los besos y los dientes, que con el caño se rompió una paleta. Chiquita algazara armó por cuenta de la rotura. Ella que tenía completa la boca, ahora cuando la abría se le veía clarito la mellada que dejaba aquel espacio vacío. Ella los estaba guardando para comprarse un juego cuarto de palo rosa para el casorio que estaba por venir, porque ella encendía a san Antonio su vela y le rezaba su novena.

En la ciudad había un dentista que compraba los naturales para armar las prótesis. Chiquita llantina le dio a la pobre. También guardaba enrollada en un moño, una trenza espigada de tres mechones negros como la noche sin luna. Con el pelo quería comprar, la losa de Chipude, vasos de vidrio, y calderos de hierro colado con los cucharones y las palas del horno.

El dentista llegaba de tan lejos con su fotingo y su clínica itinerante y en casa de Domitila Negrín la del Telégrafo instalaba su artilugio, sus pinzas, cortantes y tenazas. No había telégrafo, era un teléfono de baquelita y una mesa operativa, centralita para hacer las conferencias en las jurisdicciones de aquella parte de la isla. Domitila viuda hacía las veces de enfermera o mejor dicho de reten de los pacientes.

Terencio no llevaba si no una ampolla de morfina y que nunca había estrenado porque decía que aquello era para las mujeres, para las flojas claro. Allí nada más ver el instrumental, los más fuertes perdían la conciencia y la verdad es que doña Domitila les largaba al despiste un taponazo en el tronco del cogote que los dejaba casi esmorecidos en el intre.

Eufemia al llegar al patio, miro con desconfianza al perro que no perdía detalle de lo que pudiera caerse al suelo. Terencio la vio entrar por un camino de helechas y ñameras que hacían un vergel de sombras y frescor. Su blusa blanca y aquel moreno de dios que traía en la cara iluminada, hizo que sin querer le arrancar una muela buena a Eutimio, enterrador y canalero. Ella se sentó en un poyete y se tapó la boca para que no se fijara el mellado que traía.

Terencio quedó prendado y no tocó aquel juego de comedor que traía de nacimiento. Se pretendieron y Eufemia correspondió. Al final no tuvo que sacarse la dentadura ni vender el pelo. Se casaron y en los cuartos del casorio pusieron en la alcoba el juego cuarto con un armario de luna y todo. Levantaron de canto amarillo un cuartito virado hacia la general donde abrieron el dispensario, Clínica Terencio, también se ponen inyecciones. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

Un comentario sobre “El juego cuarto

Agrega el tuyo

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Create a website or blog at WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: