Un chiquillo desinquieto

Aurelio amado hijo de Holanda Noda era el mismo Belcebú. Encarnado en aquel niño, de apariencia dulce y entretenido. Su madre lo tuvo sin enterarse porque fue a dar del cuerpo y en vez de ensuciar, lo trajo al mundo y le puso el nombre de su padre, porque era su padre el padre de la criatura. Aquel niño fue consentido en el patio de la casa más de la cuenta y eso fue al final cosa mala de llevar. Su cara dulce y angelical, era una careta de correr los carnavales del infierno.

Cuando nadie miraba se dedicaba a romperle las patas a las gallinas, finchaba el pellejo de los cochinos con el fincho de ir a pulpiar. Su madre pensaba que si serían las ratas. Una vez el chiquillo le pegó fuego a las colmenas de Obdulia la de La Fuente. Él solito empapó los rejos de saco en carburo, los enrolló y arrimó el fósforo encendido. Obdulia la pobre hasta se puso luto por ellas.

El chiquillo se camuflaba muy bien haciendo de monaguillo y poniendo cara de éxtasis cuando en el momento de la transustanciación aprovechando que el cura alzaba el pan bendito de la ofrenda, soltaba resoplidos y ponía los ojos en blanco provocando el revuelo entre los parroquianos.

Cerca de su casa había un perro de los que viven amarrados con cadenas a una vergüilla rente al suelo. Se llamaba cartucho el can y tenía más huesos y pellejos que otra cosa. Cada vez que pasaba cerca, sin que nadie lo viera, mortificaba al animalito tirándole piedras y haciéndole jerigonzas.

Cartucho salía corriendo para atacar al demonio de chiquillo y este fabricaba su ruindad esperando en el límite al que podía llegar el animal. Aquello provocaba casi el ahogamiento del can. Aurelio se meaba de la risa viendo su sufrimiento. Un día se puso a tirarle con unas estiraderas perdigones de ploma.

El pobre cartucho zaherido hasta el fondo de su alma, cogió carrera y se lanzó a hacia el chiquillo que como siempre lo esperaba en el límite. Esta vez Cartucho sacó fuerzas de flaqueza y alcanzó a Aurelio. De un bocado se lo tragó con las estiraderas y todo. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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