El almario de Alabías

Alabías vivía en un saliente por donde el risco vomitaba un abismo profundo con su despeñadero y todo, por donde de tanto caminar, los más necesitados llegaban en busca de su alma perdida. A Alabías le cayó el encargo cuando un rayo divino le abrió la cabeza por donde le empezó a brotar un granado que daba granadas jugosas y crujientes.

En su media cueva esperaba sentado en una estancia pelada de ermitaño guardián, la llegada de los viajeros desalmados. En la parte más profunda guardaba colgadas y por orden, las almas errantes que le iban llegando desde cualquier punto cardinal. Muchas a medio hacer, otras viejas y remendadas, otras dobladas de amargura y dolor. Aquel almario abarrotado se cerraba para que aquella comezón no le doliera más de lo que ya le dolía.

Un día llegó caminando un viejo que había sido rey, mujeriego y cazador. Cuando ya estaba en la puerta de la media cueva, anunció su llegada dando palmas. Alabías lo recibió ofreciéndole agua y granada para arrancarle la sed que tenía. El silencio era protocolario y cualquier palabra dicha sin valor echaba por tierra el viaje y se podía quedar uno desalmado para siempre. Los viajeros esperaban hasta sentir que encontraban la llave para abrir el Almario. El viejo abdicado se quedó allí las horas más largas.

En eso que el sol comienza a desperezarse y traer el día cuando con un rayo luminoso alumbró la cara del desalmado, este abrió los ojos y dijo en un susurro avergonzado_ Lo siento me he equivocado no lo volveré hacer. Aquello abrió la puerta y el viejo busco sin descanso pero no encontró la suya. Demudado miró al guardián interrogándolo con la cara torcida. Alabías se estaba podando las ramas que le sobresalían, lo miro con compasión y le dijo: -Esto suele pasar excelencia…Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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