La hija del farero

Siempre a la misma hora los ahogados traían su recado aguachento y sus toses gruesas, llamaban a la niña desde la orilla de la mar. Despertaban a la hija del farero para decir aquello o lo otro. La niña les silbaba desde los pretiles del muro viejo al borde del rompiente. Bajo la sombra alargada del faro, aquella comitiva se quedaba entre la espuma y las olas, hasta que la niña no les cantaba, no se iban. Sus rostros eran como el fondo del mar con sus húmeros huesos, reservatorio de frío azul y atlántico. Al final muchas de las veces su padre la amarró con soga de pitera porque creyó el hombre que la niña era sonámbula. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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