Vida, perra vida

Cabizbajo y rasposo buscaba con su dentadura en la poca pelambrera que le quedaba, las pulgas que lo mortificaban, así nadie lo quería. Su madre vivía amarrada al viejo camión abandonado más allá de las cuarterías. A él se lo llevaron para que jugaran los hijos de doña Clementina, la de la Quinta de Quemada.

Aquella casa se impregnaba del duelo de los hijos varones que se morían sin llegar a cumplir los diez años. Decía Palmira Rancel que las criaturas tenían la sangre mala, explicaba ella que se les hacía agua. Ella los veía nacer, al tiempo se malograban. Lloraba para dentro y siempre andaba como encharcada y aguachenta.

Lento, así le pusieron aquel perro sato, porque caminaba pesadamente, casi arrastrando las patas. Cuando el último de los niños de la Quinta fue enterrado, la familia en su dolor se guardó entre sus muros y sus silencios, no tiene nombre eso de enterrar a los hijos. El día del entierro llovía que parecía otro diluvio, lanzado a la tierra con saña por un dios iracundo, que en su rencor se segaba y nos quería volver a inundar de nuevo.

La comitiva familiar, amigas y vecinas se tuvieron que guarecer en la capillita. No cabían de tanta gente que había, algunos hombres abrieron los panteones y esperaron entre los huesos ajenos a que descampara. Lento había subido para acompañar en la tarde triste al niño muerto. Nadie reparaba en su tristeza de perro al ras del suelo encharcado, sus lágrimas se aparejaban con el agua del cielo.

Allí se quedó, en aquel campo santo entre la cancela y el baluarte de la entrada. El enterrador lo quiso amarrar y ponerlo de guardián de los finados pero salió huyendo el animal sin rumbo y perdido. En el camino alcanzó más pedradas y desprecios que buenos recibimientos. Nadie lo quería, tenía aquella cara amenazante, dientes que se le salían del hocico y le daban una imagen inquietante.

Una noche de luna llena, era junio acabándose, cuando Lento extenuado por la golfada de los chiquillos de las cuarterías,se dejaba morir mirando el horizonte por Pelada, cerca de Amarilla. A los lejos por donde el camino se perdía con los riscos en sombras se fue en un suspiro su alma de perro si amo. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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