Una idea estrambótica

Debajo del fregadero de la cocina de Domitila Plasencia, entre toda aquella cacharrería, justo debajo de los almirez, empezó a crecerle una idea estrambótica. El día que reparó en ella, fue cuando preparaba caldo para el velatorio de Beremundo Medina, padrino de pila y hermano querido de su madre, muerta en el extranjero.

Allí estaba aquella idea como una seta que después de la lluvia y con un poco de sol brotara en aquella grieta entre hierros y aluminios. De entrada no era gran cosa, pero ahí estaba mirando fijamente a su descubridora. Por supuesto esta, Domitila no dijo ni pío ni nada que se pudiera entender con la cabeza. La gata que andaba con ella estaba al tanto del asunto.

Una noche desvelada, Domitila sintió que la llamaban. Pensó primero que serían voces de la calle, las ventanas abiertas invitan a entrar al aíre enserenado de la madrugada, pero también los ruidos de fuera. Entonces puso asunto y escuchó bien claro: ―Llégate a la cocina… Pensó la indina que era la voz difunta de su madre con la que solía conversar, pero esta vez aquel timbre tenía otras mañas. Ella caminó por el pasillo. Casi desnuda llegó a la cocina, que se iluminaba desde afuera con una luna sanjuanera.

Allí, delante de ella, estaba aquella idea estrambótica tan desnuda como La Maja de la estampa que había en el comedor. La gata en el quicio de la puerta contemplaba aquel fenómeno con indiferencia gatuna. Un olor a hierba escachada y a musgo inundaba toda la cocina de Domitila. Allí mismo empezaron rozándose mutuamente entre los deseos, la piel y el calor que emergía de dos mundos que comenzaban a incendiarse. Hicieron lo que quisieron… en el poyo de la cocina, en la despensa, entre ristras de cebollas y pimientos, en la mesa panadera, en la boca del horno. Tanto fue el roce que no solo fue cariño, sino que hasta hizo y fuego que prendió a la casa entera. Puro escombro quedó. A la gata la encontraron más viva que nunca, parecía que hasta se reía la muy condenada. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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