Noche de Reyes

Madre dijo: que como estábamos en vísperas, que por la tarde se podía jugar en el llano. Enero traía ese frío que como dice padre, levanta las “carespas”. Lo que se dice jugar, jugar, apenas jugaron aquellos chiquillos jornaleros de pies desnudos y plantas rajadas. Como llegaba la noche de reyes no dejaron de cumplir con los ritos. Apañaron la hierba, una especial según decía padre, en la orillita muy cerca de los veriles del barranco. Había que alongarse para arrancarla sin mucha matazón para que la mata siguiera criando.

La carta no estaba en la lista de los ritos, porque no había papel y no sabían escribir; en aquellos años a la maestra se la llevaron de noche, también a un médico que decían era muy buena persona. También es verdad que no se usaba pedir sino lo que trajeran.

Madre juntó la leña, aquelló lo que había que…Y después dejó recado para que cuidasen las brasas porque ella se fue a buscar un no sé qué a San Miguel. Caminito de tierra y piedra, doce kilómetros uno detrás del otro después de una jornada con peso al hombro. Padre andaba con los animales de la Quinta y es que doña Clementina había pedido que se ocuparan del asunto de los baifos que estaban por llegar.

Cielo cuajado y bien regado de estrellas y no era poco aquel” frior” que enramaba la morra y las azoteas. La cena fue de leche guisada con gofio de centeno que trajo madre de San Miguel. Amargo porque no había azúcar, el revoltillo calentó los estómagos frugales de la familia. Los chiquillos ilusionados se asomaban por los corrales donde habían dejado la hierba y el agua para los camellos. Uno de los hermanos miró el cielo como si quisiera leer una cuartilla, aquel manto lechoso y de polvoriento brillar, con más destello que nunca y le pareció que cualquier cosa era un misterio.

Pronto se fueron a echarse en los colchones de fajina en el fondo de la cuartería. Los perros ladraron un rato por mor de la gata de la patrona, un engendro del demonio. Madre y padre hablan bajito cuando esta ya todo recogido. La vela ilumina con una luz que expele un calor humano y de abeja al mismo tiempo. Con ella los rostros fatigados, parecen aún así, más hermosos y regios. A las claras sin que el gallo haya cantado todavía los chiquillos pegan un salto, desatrancan las puertas y corren hacia los corrales. Gritos de alegría, parece que este año los reyes se acordaron de pasar por el llano.

Allí en una cereta nueva había un puñado bien grande de naranjas sanguinas y otro tanto de almendras y nueces. Los chiquillos gritaban madre y padre, aquella algazara de niños alegres suavizo la trágica vida de los chiquillos jornaleros. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

2 comentarios sobre “Noche de Reyes

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  1. Un hermoso regalo que rinden mis sentidos así al ladito de tus maneras…agradecida de tu dedicación…de ese geito tuyo…saludos gitanos

Comentarios

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