Amor carnívoro

La muchedumbre se arremolinaba alrededor de la carpa y los carromatos destartalados de aquel circo triste de monstruos, famélicos y trapecistas. Cuando llegaba por noviembre hacían sonar bocinas, aquel pregonero de medía medio metro lo llevaban con amarres, montado en una sillita bien agarrado, encima de la cabina de uno de aquellos camiones pintarrajeados de colores borrosos.

Su voz atiplada y cantarina, provocaba la risa del respetable. Traían un león que no se sabía bien si lo era o si lo había sido alguna vez. La mujer barbuda y el jefe de pista eran bastante torácicos, los trapecistas ciegos, el mago era hermafrodita y la taquillera tenía muy mala leche.

La cosa era que allí en el llano muy cerca de la General durante quince días un mundo raro se instalaba. Una ciudadela montada a las afueras, pura arquitectura efímera de lonas, tablas y vientos. En aquel artilugio levantado en horas, vivía una farándula trashumante y andariega. El sábado a las doce en punto se abría una cancela de madera pintada de blanco y rojo que daba paso previo pago del tique.

En la jaula del orangután había más tristeza que animal. Aquel simio era enorme y la gente al verlo allí tan amulado no hicieron otra cosa que reírse y provocarlo. En la del león el mosquerío era tal, que al pobre no se le podían ver los morros. En un cerco hecho de sogas y postes estaban los caballos más flacos del mundo.

En una carpa con letras pintadas muy grandes ponía” Curiosidades humanas”. Había que comprar un tique nuevo para pasar. Fue allí donde don Mauro Abrante Medina vestido para ese día de terno y zapato negro conoció a la mujer Caimán y se enamoró perdidamente de ella. Aquella exposición de vidas particulares era digna de ver. Sentado en una silla con los brazos caídos estaba el hombre más triste del mundo, solo con mirarlo provocaba tal desconsuelo, que no eran pocas las maguas y llantinas con las que salía de allí la gente. Los hermanos jorobados dominaban el arte de la acrobacia y la mujer barbuda cantaba como si dentro de ella hubiera un coro de voces encerradas.

La mujer caimán tenía el cuerpo cubierto de escamas, una cabellera pelirroja que encendía su cara. Sus ojos eran misteriosos y penetrantes. Silbaba una canción alegre de alguna parte del mundo. Ella al verlo allí delante tan bien presentado con aquel terno con su pañuelo en punta y los zapatos tan limpitos se quedó pensativa como mirando al infinito, así, cuando sorbes café bien calentito.

Aquello no se pudo contener, el deseo los encendió de tal manera, que de la cabeza de don Mauro salía vapor blanco, se puso el sombrero para disimular, ella se quedó inquieta pero le hizo señas para quedar después de todo. No había luna y la noche se quedó bien estrellada, la vía Láctea era un desparrame multitudinario de brillores que se podían disfrutar sin abrir la cartera. Se encontraron los amantes al borde de aquella maraña apasionada que los sacudió de besos y abrazos, miradas penetrantes, sacudidas y estertores de puro placer. En aquel fragor amoroso la mujer Caimán se lo comió por los pies y llegó hasta la cabeza. Y don Mauro gemía de puro placer que tenía. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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