Coleccionador

Don Urano Alonso Plasencia guardaba en cacharras de latón, cada trozo de papel que se encontraba en la calle. Claro que tenían que llevar algo escrito para que llamaran su atención. Era tal la cantidad y la afición que tenía, que dedicaba una habitación de la casa, para clasificar todo aquel papelerío, según a él le parecía.

En unas estanterías que cubrían las cuatro paredes, se amontonaban aquellos escritos mutilados. En unos estantes figuraban envoltorios de golosinas, precintos de cualquier empaquetado, publicidad variada.

En otros las vitolas, etiquetas de cualquier cosa, tiques, recibos y un sinfín de papeles impresos que se dejan caer o que se extravían. Su tesoro más preciado eran los escritos a mano, así fueran notas, recados o cartas de amor. Los documentos manuscritos los ordenaba según el contenido.

Entre ellos había despedidas tristes, llamadas de atención, requerimientos, salutaciones. Las cartas desamoradas le producían dentera y bajadas de tensión, así que cada vez que repasaba aquel caudal de extravíos y casualidades se resentía al punto que se encamaba. Un sobrino suyo heredó la casa y aquel tesoro del tres al cuarto que su tío durante 90 años fue juntando tan ordenadamente. Le faltó tiempo para vender la casa y echar a la basura todo aquel puñado de ocurrencias estrafalarias. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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