La garua

Como un puñado de picón, esa escoria maldita le escaldaba el regazo yermo como un solar plagado de “venenéros”. Por quedarse en cinta era capaz de venderle su alma al diablo. Marcial, la miraba de reojo cuando ella se ponía aquella pena negra, cubriéndose la cabeza y los hombros. La pena, era cosa heredada de su madre, prenda delicada, porque se remataba aquel velo de los entierro con encaje de pasamanería fina.__ ¿Quién se murió mujer? Preguntaba con amargura Marcial, no le gustaba verla así, tan lejos de la casa y de la vida con él. Ella respondía así:__ Nada se muera porque no ha venido todavía. Este duelo es por lo que tú sabes que me falta. Aquella esperanza muerta enlutaba la casa y la cal del patio.

A veces se iba sola por los caminos buscando soltar aquella amargura garrapiñada, que la estaba devorando por dentro. Llegaba caminando hasta la Aguja chica, una montaña que estaba virada hacia Pedro Barba, uno de los confines de la isla. Parajes solitarios donde el viento batía a gusto cualquier cosa al ras del suelo.

Una tarde seca se sentó junto a unas matas de higuerillas recién brotadas. Aquel verdor recién nacido hizo que se le encharcaran los ojos, como si fueran de vidrio aguado, se quedaron fijos, mirando las flores amarillas de la aulagas. Respiró profundo y escupió la congoja que llevaba por dentro.

Una pardela gris vino a posarse sobre la arena muy cerca de ella. Traía algo en el pico, un huevo verde, se quedó mirándola. Luego se acercó y lo dejó caer en el regazo, después salió volando hacia el este. Ella lo recogió con las dos manos y se lo guardó en la boca para que no se rompiera. La tarde caía y el viento traía una cortina fina de agua “chinija”. Un lucero en el horizonte la hizo correr, tropezó con una piedra del camino. Una de las lonas que llevaba se desbarató y la hizo caer sobre la arena. El golpe seco hizo que se tragara el huevo y que perdiera el conocimiento.

Cuando la encontraron estaba con el vientre hinchado como si fuera opilación, cubierta de rocío parecía que flotaba en un charco de garua. La cargaron entre unos cuantos y se la llevaron en volandas. Al llegar a la Caleta, aquella comitiva traía detrás un reguero de vecinos, parecía una procesión del Carmen. La dejaron sobre la cama. Ya limpia y seca, le pusieron mantas para abrigarla. Médico no había pero mandaron a buscar al de Haría. El hermano de Marcial se puso a bogar hacia el risco en busca de ayuda. En el cuarto, las mujeres no se lo explicaban, la curandera, nada más entrar la miro, y le tentó el vientre, le vio los ojos , le olió la boca. Después de hacer esto, pidió agua caliente y trapos. Aquella mujer estaba a punto de dar a luz. Las mujeres se hicieron la señal de la cruz y no salían de su asombro. Nació una niña blanca como el nácar. La madre cuando la tuvo en brazos miró por el ventanillo y vio posada a la pardela en un gajo seco con el risco al fondo. Allí mismo pidió la curandera agua para darle bautizo. La madre de la niña anacarada le puso de nombre Famara como el risco que tantas veces veía desde su casa. Marcial se quedó sin decir nada, desde el dintel miraba hacia la cama y solo ver aquella estampa con aquella luz de carburo y velas, lo dejaba tranquilo y apaisado. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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