La mujer Aulaga

Domitila Toledo Beltrán se gobernaba sola, era por eso señalada. Nada más que se pronunciara su nombre, la gente se santiguaba y escupían a la tierra por la banda izquierda. Era no poco el cerote que le tenían a la condenada.

Decían que lo de bruja lo aprendió en Haría por mor de una abuela morisca medio machona que rompía los bernegales con la fuerza de la vista. Domitila la Beltraneja vivía a lo pobre en una cueva rente a una fuente que ella misma averiguó para su disfrute y necesidades. A la entrada de la cueva colgaba pellejos de baifos y de las cabras viejas, la calavera. Pintó en el saliente con sangre de orchilla un ojo grande, púrpura, que todo lo ve. Parecía la entrada, un retablo del infiernos con sus santos de mueca terrorífica..

Una vez, dicen que se convirtió en Aulaga, y que se fue rodando por la lagunita, siguiendo por la Caleta de Sebo, hasta dicen los pescadores que la vieron como Aulaga dando vueltas por el rio y trepando por risco de Famara. Llegó a tiempo a donde se moría una hermana de padre. Un abrazo de ella se llevó la agonía de la moribunda. Una sonrisa trajo la muerte. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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