Descorazonado

Americo Arzola no tenía corazón. Literalmente no lo tenía. En la parte izquierda de su pecho había un espacio vacío e inquietante. Su madre lo crío sin caer en la cuenta de que su hijo estaba incompleto. Descorazonado.

De niño hacía lo que todos, tirar piedras a los perros amarrados, cazar lagartos tizones, ahogar gatos, jugar a la guerra. De mayor le gustaba caminar por vicio, sin tener que ir a ningún lado en concreto. No era hablador pero si lo hacía era solemne incluso para decir cualquier nimiedad.

Un día al pasar por la calle del Olvido esquina Las Ramblas le cayó encima un semanario con sus siete gavetas. No le dio tiempo ni a decir esta boquita es mía. Fue en la autopsia donde dieron cuenta que en su pecho no había un corazón. Su madre no se lo explica, decía que su hijo era normal y corriente. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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