La inauguración

La plana mayor se puso al frente de la comitiva inauguradora del nuevo centro. Allí estaba el grupo de gobierno con el alcalde al frente. Vestido con alhajas para la ocasión. El bastón de mando y los collares con sus dijes, sus broches de borlas y banderas, más los banderines de la faltriquera y la faja protocolaria. La señora del señor alcalde con moño alzado y clavada su peineta de teja, puro carey que contrastaba con el negro tornasolado del traje, mandado hacer en un atelier de la capital.

La oposición variopinta pero también muy trajeada, para el asunto el terno resolvió, junto con el brillor de las hebillas de los zapatos recién estrenados. El centro se había levantado donde antes había un bosque que al final se trasplantó a un solar más allá de la desembocadura del barranco. Para acometer semejante obra de traslado hicieron venir del continente a gente muy preparada. Al final es bosque se liofilizó y quedó bastante aparente.

Justo en el momento en que la banda tocaba el himno municipal sin letra ni ton ni son ni nada, porque aquello sonaba más bien torcido que derecho. En ese mismo momento la tarimita en la que se alojaban los próceres de la municipalidad, todos ellos artífices del proyecto. Aquello empezó a temblar como si ronroneara la tierra, como si fuera gato consentido.

Más alejada estaba la vecindad vestida de colores, con sombreros y pamelas, preparada para el comistrajo de la inauguración. Pues bien el ronroneo fue a mayores y cuando menos se lo esperaban, la tierra se tragó de golpe la tarimita con toda la municipalidad que estaba encima y ensimismada con lo del  himno.

Gobierno y oposición, chiquito estropicio. Fue un visto y no visto. No quedó ni rastro, la tierra se cerró y selló el lugar para siempre. El gentío miró para todos lados. Las largas mesas ya estaban preparadas con las viandas y los refrescos. Hacía calor y ya eran horas de comer. Y eso hicieron, con mucho orden y organización se fueron acomodando. Se sirvieron las bandejas colmadas y los refrescos de limón a discreción. Doña Luciana Telmo de Armas recién llegada de un viaje por el Caribe, considerada por toda la vecindad como la que más instrucción tenía, vino a decir que aquello era digno de ser contado. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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