Gangochera sufridora

Leonora Batista era pura Calcimbre de tanto sufrir. Ella era flaca como verguilla de tendal con herrumbre de sol y agua, hacía de sufridora oficial. Este oficio de cargar con pena ajena se lo dieron por una rifa maldita que compró al demonio que las vendía. Allí quien tuviera con qué, le pasaba los menesteres que lleva la cosa: las lágrimas con su salobre, la jerigonza y el quejido, la angustia de alfileres claveteados, la noche oscura del alma y las ojeras grandes y zainas como fogones. También un pañuelito con orillas de llorar

Nunca fiaba porque llevar a cabo ese recado, no era poca cosa y suplía los estragos de aquel trasiego tan sufridor, con especias en abundancia, que recibía como pago y la mayoría  con calderilla.

La cosa no era llorar en los entierros, sino cavilar y enmarañarse con los problemas como si fuesen suyos. Vivía en un saliente del roque, a las afueras del pueblo. Su vestimenta era austera y su rostro, cuero y hueso viejo de esqueleto sufridor.

La otra tarde la vieron de la mano de un niño, caminando por el borde del risco. Al parecer alguien escuchó su plegaria. Ahora en el pueblo que cada uno cargue con su vela. Dicen que donde cayó creció una higuera, higos dulces quitan las penas. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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