Temblor

Lo presentí por ese ruidito que hace con la lengua, es un chasquido de satisfacción. Su mueca orgullosa de hombre imaginado es casi siempre la misma, ya sabes, una mezcla de vanidad famélica y de orgullo sin coraje.

Aún así, me costó reconocerlo. Bajo aquel sombrero elegante y su triste figura, estaba mi golum, mi pequeña monstruosidad construida con los despojos y las necesidades, con las que uno como yo, se va topando en el transcurso de la propia vida.

Cuando no estoy, él ocupa mi sitio, pero apaga las luces porque se mueve muy bien en ese laberinto encharcado donde con tesón ha sido por mi concebido. Ahora de un tiempo para acá, él sabe que yo le busco, que quiero acabar de una vez por todas con esa sombra errante dentro de mi, y soy yo el que tiembla y no él. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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