Amor cítrico

Cuando llegó Salvadora al muladar viejo del camino de la Quinta Quemada, sintió que su corazón era un pájaro en un puño. Había esperado toda la semana y la jornada de aquel día para verla pasar. Salvadora Fumero ama en secreto a una mujer. Para el encuentro, se había aseado con un jabón muy perfumado, de importación que había mandado a buscar a la capital. Llevaba puesto una blusa blanca jaspeada con un popurrí de florecillas silvestres, y una falda de dril color amarillo tostado.

El pelo suelto y alborotado todavía secándose al sol de la tarde. En sus lóbulos carnosos colgaban unos zarcillos de coral rojo, engarzados en lágrimas de oro, regalo de un tío suyo embarcado por lo de la guerra. La tarde prometía y el azul regalado del cielo hizo que mirara hacía los cernícalos que planeaban recortando el añil intenso.

Sintió el rugido de un motor, ahí venía su amor secreto, Amalia Tejera venía en la parte trasera y a las dos se les encendió la cara como una fogalera. Buscaban siempre encontrarse a solas entre las naranjeras y los limoneros. Cuando no podían más se hacían el amor de veras, como si aquello fuera a desintegrarse y después se recomponían y volvían por la verada.

La madre de Amalia, doña Adoración ciega de hacía mucho, olía la exuberancia que expedían las amantes.- ¿De dónde vienen muchachas? Inquiría maternalmente. De entre las naranjeras y los limoneros madre, respondían las muchachas. La madre suspira amable acordándose de alguien. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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