Soltando lastre

Por el ombligo salió enterita la procesión que llevaba por dentro. Una fila de rencores, malos entendidos, oprobios y latrocinios, algunos amarillos de los viejos que estaban. Aquello, que así, sin que nadie se lo espere, ocurrió como si nada, como cuando el sol cae y es tragado por el mar, o por el horizonte con sus montañas y su terruño y que después de la noche oscura, vuelve igualito, redondo con sus brillores a alumbrar al mundo con su portento incandescente.

Allí estaba hasta una banda tocando el himno al paso de aquellos vejestorios deformados por la memoria, cada uno tocando su lamento en do mayor pero bien desafinado y al ritmo del redoble de los resabios rencorosos, que el viejo, fue moliendo en el mortero de ir viviendo sin saber perdonar ni perdonarse.

Claro que allí delante solo estaba Petra Bencomo, la niña boba, decían de ella eso, porque era lenta y no tenía mala fe. Ella vio como del ombligo augusto del viejo Lucio Domínguez, salió aquel reguero mugriento. Puro sufrimiento en fila, el hombre se moría y soltaba lastre. La niña después de ver eso, salió al patio y se puso a cantar como los ángeles, ella no sabía sufrir. Un mundo raro.

Un cuento chiquito. Juan Carlos Tacoronte.

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